domingo, junio 28, 2015

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Sueltas y libres

viernes, enero 20, 2012

Yaaxché


Desde niña aprendí que, como seres humanos, tenemos la libertad de pensar y hacer muchas cosas. Más tarde, me enseñaron que ésta, con toda su inmensidad, tiene como límite el respeto a las ideas de los demás… a la vida en sí.

También, desde muy temprano, aprendí que el trabajo más noble es el que se dedica a la tierra y a los demás. Esto, definitivamente se lo debo a mi familia, particularmente a mi abuelo, a mis tíos, tías y, por supuesto, a mis padres.

De manera involuntaria, me enseñaron que una de las mejores vistas que existen es un campo lleno de plantas en crecimiento; que una de las cosas más divertidas es bañarse con el agua color chocolate que corre en los surcos que riegan un campo; que de las más emocionantes es montar un caballo; y que de las cosas más relajantes está sentarse bajo un árbol a disfrutar el sonido que producen las hojas cuando el viento las mece.

Ha pasado mucho tiempo desde eso y ahora aprendo a disfrutar otras cosas.

Elegí junto a Jorge un lugar para vivir otra etapa y, a nuestra manera y sin decírnoslo abiertamente, terminamos representando el cambio trasplantando una ceibita… nuestro propio árbol de la vida. Porque hasta en la escuela aprendí que todo es mejor sembrando un árbol.

Durante un tiempo pensamos que no sobreviviría ya que no era tan pequeña. Uno de los trabajadores me dijo que sí se lograría y que todo estaría bien mientras estuviera ahí, ya que la Ceiba tiene carácter de protectora. Así fue… al menos durante casi dos años.

Hoy, alguien, demostrando toda su ignorancia de la manera más penosa, decidió tirarla y despedazarla sin previo diálogo, sin aviso y sin pensar en todo lo que un árbol puede representar… pero es que eso a quién puede importarle. A final de cuentas era un simple árbol, ¡ah! y claro mis cargas simbólicas.

Triste, pero sobre todo asombrada a casi dos años sólo quedó la raíz.

Realmente me relajaba verla, pero, sobre todo, sentía que de esa manera plantaba un poco de mí.

lunes, noviembre 14, 2011

Intentándolo nuevamente


Según Betty debo levantarme a las cuatro de la mañana si es que realmente pretendo escribir algo, pues es a esa hora que la mente da lo mejor de sí misma; además, dice que también es a esa hora que el tiempo le pertenece sólo a uno. También he considerado lo que Karla me dijo esa vez que llegó a la casa con dos charolas repletas de sushi casero y un six bien frío, para escribir puede ser útil embriagar la mente, tal vez así pueda echársele orden a la ideas —. Pepe me ha dicho que todo se resuelve mágicamente al mirar la hoja en blanco, que ante la inmensidad del espacio y la blancura del lienzo, el teclado se moverá casi de forma automática. Yo realmente tengo mis dudas.

Ahora, en este mismo momento, ni son las cuatro de la mañana, ni el teclado, por más que he mirado y mirado el resto de la página en blanco, se está moviendo mágicamente. Ah! y debo decir que estoy más sobria de lo que realmente quisiera estar.

Uno de mis maestros dijo, no hace mucho, que el ser humano ha escrito siempre sobre los mismos temas: la vida, el amor, el odio, la felicidad, la venganza, la soledad, la esperanza… a final de cuentas pasiones y estados del mismo. ¿De qué más podríamos hablar?

Intentándolo, podría escribir de aquella vez que, mientras caminaba y trataba, al mismo tiempo, de quitarme del cabello las dos chongueras con cintas blancas y amarillas que a mi madre tanto le gustaban y a mi tanto me irritaban, un completo desconocido me atrapó a la orilla de la carretera y me devolvió al rancho de mi abuelo, gracias a esas suertes de la vida que uno nunca se explica. Tal vez ahora, en lugar de estar tratando de escribir algo interesante, estaría desvenando camarones y haciendo cortes mariposa en algún restaurante campechano o, por qué no, persiguiendo tiburones en algún lejano mar. En realidad, no creo que esta historia tenga mucho futuro.

Hace unos días conocí a un escritor, un cuentista no cuentero, que está a punto de cumplir 70 años de vida; es uno de esos hombres en los que el tiempo dedicado a las letras ya es mayor que el anterior de vida. Husmeando en ensayos sobre él, en entrevistas de antes, y de mucho antes, y hasta en sus propios cuentos, encontré una frase que realmente me convenció y que decidí tomar como un consejo, aunque sea uno involuntario. Agustín Monsreal ha dicho “Para consolidar una obra, el escritor debe robar todos los días una hora al sueño, una hora al trabajo y otra al amor”. Me pareció mejor opción que todas las planteadas al principio de esta no obra.

Siguiendo con el plan marcado y rebuscando en las palabras de mi cabeza y en sus respectivas asociaciones, podría escribir sobre por qué he cuidado tanto, durante todos estos años y contra los riesgos de cada una de mis mudanzas, al ángel de cristal que ahora tiene como lugar definitivo la tercer repisa de mi librero. Una vez, escribí un cuento, era la primera vez que lo hacía y si lo hice fue por consigna: era una tarea que al mismo tiempo resultó ser un concurso. No se me ocurría, al igual que ahora, hablar de cosas extraordinarias ni fantásticas; lo único que supe hacer es hablar de mi abuela fallecida unos trece o catorce años atrás, conté lo que recordaba… mala idea. El resultado fue un diez, un primer lugar y el pase directo sin preguntas a la lectura pública. Leí frente a todo mi salón, no logré llegar ni a la mitad del cuento cuando la voz se quebró, luego me abandonó y, por último, no pude contener las lágrimas; era demasiado para mí y no me había percatado. Recibí un ángel de cristal como premio, el mismo que durante todos estos años me susurra, cuando nadie más lo escucha, que hay cosas que es mejor callarlas siempre.

Creo que por ahora será mejor hacerle caso.
Después de mucho tiempo, para ser exacta tres años y nueve meses, he decidido retomar este blog; las razones son diversas, pero básicamente podría resumirlas en una sola: catarsis.
Escribir, como lo veo, es un acto de total reflexión y, por lo tanto, indispensable para nuestro tiempo. Vivo de un lado al otro, pensando siempre en que las horas del día me resultarán insuficientes para concluir todo lo que debo hacer; la verdad es que sólo es cuestión de organización... como casi todo en esta vida.
Espero que, de paso, este espacio sea de su agrado.