“Noche de baile”
Vestidos de baile con grandes encajes, zapatos de tacón y unos largos aretes para no desentonar, son algunos de los elementos que acompañan a esas sonrisas engalanadas de oro y plata. Esa es la noche en la que se dejan ver sin pudor alguno, sin ataduras. Esa es la noche en la que parece que todo el presente se olvida, talvez con la intención de dar paso a uno que otro bello momento que pudiese acudir a la mente.
Ellas así, con el aspecto que tiene toda bella mujer al saberse sin problemas y sin preocupaciones. Pero ellos no han de quedarse atrás. Algunos andan en pantalones blancos, planchados y almidonados, en perfecta combinación con los zapatos de charol, que son, por supuesto, del mismo color; otros, con menos años recorridos, optan por la comodidad de la mezclilla, unos mocasines y una playera fresca; hay quienes prefieren ir totalmente de acuerdo con la ocasión, ellos se ven de pantalones ajustados, camisas brillantes y hasta los zapatos especiales para una larga noche de baile.
Con la emoción de estar ahí, unos contra otros, aunque manteniendo cierta distancia que la educación no les permite sobrepasar ni olvidar, en la espera del siguiente tema que pudiera llevarlos a la continuación del último recuerdo, así los encontré al llegar, alegres, emocionados y dispuestos al disfrute que el cuerpo siente mientras éste se mece al compás de un danzón, un chachachá o por qué no al ritmo de un buen mambo.
El reloj del palacio a penas pasaba cinco minutos después de las ocho de la noche, y ya estaban ahí todos los que debían estar. La orquesta ya llevaba un buen rato dándole gusto a la gente, las parejas listas para lo que ésta les lanzará y por supuesto, no faltaban los mirones como yo, algunos en las gradas, otros en las sillas de adelante, y unos últimos rodeando a los músicos.
De repente, se escucharon las baquetas aporreándose en la tarola, luego se escuchó afinando un saxofón y después lo que sonó fue un mambo, en seguida los cuerpos comenzaron a aflojarse, los pasos alzados y marcados seguían el ritmo de la música, las sonrisas continuaban, no había rastro de cansancio en el rostro, las miradas se encontraban, parecían decirse tantas cosas.
La calle frente al Palacio Municipal, parecía una inmensa pista de baile, me fui para atrás con los mirones de las gradas y pude ver todo un mar multicolor en pleno movimiento. Se notaba que las parejas pertenecían a diferentes estratos de la clase social y parecía que en ese momento esto no importaba. A algunas se les ubicaba muy rápido como integrantes de la clase más trabajadora de la sociedad, y no era la ropa ni la actitud lo que las delataba, se les notaba en las manos y en los rostros que carecían de esa delicadeza y finura que poseen quienes se mantienen al margen del trabajo pesado; de éstas últimas también había, y no podían ocultar su pertenencia a la clase acomodada de la sociedad meridana, a estas parejas se les veía con varios años a cuestas, algunas se abrazaban, como para sostenerse uno al otro, mientras seguían el ritmo de la música.
La música cesó y quise aprovechar el tránsito de un tema a otro para atravesar la calle y llegar hasta donde se hallaba la Orquesta, lo pensé demasiado tiempo, y justo cuando estaba a la mitad del camino, la música continuó; me observé atrapada entre la gente, de repente no encontraba por donde salir. Estando ahí a nivel de piso, como dicen, pude ver a un hombre que disfrutaba el baile, de tal manera, que hasta ganas daban de seguirle el ritmo, giraba, cerraba los ojos, luego miraba sus pies y movía uno de sus brazos, pues con el otro no contaba, ya que lo tenía completamente enyesado; de repente, volteó hacía mi, se dio cuenta de mi curiosidad y simplemente rió y continuó su danza. Continué avanzando, pero a cada paso chocaba con un bailarín diferente, trataba de salir bien librada de aquella multitud. Talvez por no seguir el ritmo es que chocaba con todos, pues aquellas personas parecían toda una comparsa en perfecta coordinación y armonía. Después de unos cuantos segundos logré salir y llegar hasta donde estaba el maestro de ceremonias.
Se anunció a don Tony Camargo, la gente volteó hacia los músicos y aplaudió con gran furor, parecía que un viejo amigo estaba ahí, justo frente a ellos. El señor Camargo sonrió con cierta mesura, quitó el micrófono de la base, enrolló el cable de éste y simplemente dijo ¡ya!, eso bastó para que el maestro diera la orden de iniciar con la música; después de unos instantes el señor Camargo comenzó.
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