Según Betty debo levantarme a las cuatro de la mañana si
es que realmente pretendo escribir algo, pues es a esa hora que la mente da lo
mejor de sí misma; además, dice que también es a esa hora que el tiempo le
pertenece sólo a uno. También he considerado lo que Karla me dijo esa vez que
llegó a la casa con dos charolas repletas de sushi casero y un six bien frío, —para escribir puede ser útil
embriagar la mente, tal vez así pueda echársele orden a la ideas —. Pepe me ha dicho que todo se resuelve
mágicamente al mirar la hoja en blanco, que ante la inmensidad del espacio y la
blancura del lienzo, el teclado se moverá casi de forma automática. Yo
realmente tengo mis dudas.
Ahora, en este mismo momento, ni son las cuatro de la
mañana, ni el teclado, por más que he mirado y mirado el resto de la página en
blanco, se está moviendo mágicamente. Ah! y debo decir que estoy más sobria de
lo que realmente quisiera estar.
Uno de mis maestros dijo, no hace mucho, que el ser
humano ha escrito siempre sobre los mismos temas: la vida, el amor, el odio, la
felicidad, la venganza, la soledad, la esperanza… a final de cuentas pasiones y
estados del mismo. ¿De qué más podríamos hablar?
Intentándolo, podría escribir de aquella vez que,
mientras caminaba y trataba, al mismo tiempo, de quitarme del cabello las dos
chongueras con cintas blancas y amarillas que a mi madre tanto le gustaban y a
mi tanto me irritaban, un completo desconocido me atrapó a la orilla de la carretera
y me devolvió al rancho de mi abuelo, gracias a esas suertes de la vida que uno
nunca se explica. Tal vez ahora, en lugar de estar tratando de escribir algo
interesante, estaría desvenando camarones y haciendo cortes mariposa en algún
restaurante campechano o, por qué no, persiguiendo tiburones en algún lejano
mar. En realidad, no creo que esta historia tenga mucho futuro.
Hace unos días conocí a un escritor, un cuentista no
cuentero, que está a punto de cumplir 70 años de vida; es uno de esos hombres en
los que el tiempo dedicado a las letras ya es mayor que el anterior de vida.
Husmeando en ensayos sobre él, en entrevistas de antes, y de mucho antes, y
hasta en sus propios cuentos, encontré una frase que realmente me convenció y
que decidí tomar como un consejo, aunque sea uno involuntario. Agustín Monsreal
ha dicho “Para consolidar una obra, el escritor debe robar todos los días una
hora al sueño, una hora al trabajo y otra al amor”. Me pareció mejor opción que
todas las planteadas al principio de esta no
obra.
Siguiendo con el plan marcado y rebuscando en las
palabras de mi cabeza y en sus respectivas asociaciones, podría escribir sobre
por qué he cuidado tanto, durante todos estos años y contra los riesgos de cada
una de mis mudanzas, al ángel de cristal que ahora tiene como lugar definitivo
la tercer repisa de mi librero. Una vez, escribí un cuento, era la primera vez
que lo hacía y si lo hice fue por consigna: era una tarea que al mismo tiempo
resultó ser un concurso. No se me ocurría, al igual que ahora, hablar de cosas
extraordinarias ni fantásticas; lo único que supe hacer es hablar de mi abuela
fallecida unos trece o catorce años atrás, conté lo que recordaba… mala idea.
El resultado fue un diez, un primer lugar y el pase directo sin preguntas a la
lectura pública. Leí frente a todo mi salón, no logré llegar ni a la mitad del
cuento cuando la voz se quebró, luego me abandonó y, por último, no pude
contener las lágrimas; era demasiado para mí y no me había percatado. Recibí un
ángel de cristal como premio, el mismo que durante todos estos años me susurra,
cuando nadie más lo escucha, que hay cosas que es mejor callarlas siempre.
Creo que por ahora será mejor hacerle caso.