viernes, enero 20, 2012

Yaaxché


Desde niña aprendí que, como seres humanos, tenemos la libertad de pensar y hacer muchas cosas. Más tarde, me enseñaron que ésta, con toda su inmensidad, tiene como límite el respeto a las ideas de los demás… a la vida en sí.

También, desde muy temprano, aprendí que el trabajo más noble es el que se dedica a la tierra y a los demás. Esto, definitivamente se lo debo a mi familia, particularmente a mi abuelo, a mis tíos, tías y, por supuesto, a mis padres.

De manera involuntaria, me enseñaron que una de las mejores vistas que existen es un campo lleno de plantas en crecimiento; que una de las cosas más divertidas es bañarse con el agua color chocolate que corre en los surcos que riegan un campo; que de las más emocionantes es montar un caballo; y que de las cosas más relajantes está sentarse bajo un árbol a disfrutar el sonido que producen las hojas cuando el viento las mece.

Ha pasado mucho tiempo desde eso y ahora aprendo a disfrutar otras cosas.

Elegí junto a Jorge un lugar para vivir otra etapa y, a nuestra manera y sin decírnoslo abiertamente, terminamos representando el cambio trasplantando una ceibita… nuestro propio árbol de la vida. Porque hasta en la escuela aprendí que todo es mejor sembrando un árbol.

Durante un tiempo pensamos que no sobreviviría ya que no era tan pequeña. Uno de los trabajadores me dijo que sí se lograría y que todo estaría bien mientras estuviera ahí, ya que la Ceiba tiene carácter de protectora. Así fue… al menos durante casi dos años.

Hoy, alguien, demostrando toda su ignorancia de la manera más penosa, decidió tirarla y despedazarla sin previo diálogo, sin aviso y sin pensar en todo lo que un árbol puede representar… pero es que eso a quién puede importarle. A final de cuentas era un simple árbol, ¡ah! y claro mis cargas simbólicas.

Triste, pero sobre todo asombrada a casi dos años sólo quedó la raíz.

Realmente me relajaba verla, pero, sobre todo, sentía que de esa manera plantaba un poco de mí.

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