Desde niña aprendí que, como seres humanos,
tenemos la libertad de pensar y hacer muchas cosas. Más tarde, me enseñaron que
ésta, con toda su inmensidad, tiene como límite el respeto a las ideas de los
demás… a la vida en sí.
También, desde muy temprano, aprendí que el
trabajo más noble es el que se dedica a la tierra y a los demás. Esto, definitivamente
se lo debo a mi familia, particularmente a mi abuelo, a mis tíos, tías y, por
supuesto, a mis padres.
De manera involuntaria, me enseñaron que una de
las mejores vistas que existen es un campo lleno de plantas en crecimiento; que
una de las cosas más divertidas es bañarse con el agua color chocolate que
corre en los surcos que riegan un campo; que de las más emocionantes es montar
un caballo; y que de las cosas más relajantes está sentarse bajo un árbol a
disfrutar el sonido que producen las hojas cuando el viento las mece.
Ha pasado mucho tiempo desde eso y ahora
aprendo a disfrutar otras cosas.
Durante un tiempo pensamos que no sobreviviría
ya que no era tan pequeña. Uno de los trabajadores me dijo que sí se lograría y
que todo estaría bien mientras estuviera ahí, ya que la Ceiba tiene carácter de
protectora. Así fue… al menos durante casi dos años.
Hoy, alguien, demostrando toda su ignorancia
de la manera más penosa, decidió tirarla y despedazarla sin previo diálogo, sin
aviso y sin pensar en todo lo que un árbol puede representar… pero es que eso a
quién puede importarle. A final de cuentas era un simple árbol, ¡ah! y claro mis cargas simbólicas.
Triste, pero sobre todo asombrada a casi dos
años sólo quedó la raíz.
Realmente me relajaba verla, pero, sobre todo,
sentía que de esa manera plantaba un poco de mí.
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